14 Fe María

Mientras trabajaba en INVICA me fui enamorando de Fé María, bella muchacha que
trabajaba en administración.
Su jefa, con la que siempre asistía a nuestras reuniones, una judía sefardí alta, pelo largo,
casada, no demasiado limpia, era francamente horrible. La perfecta chaperona.

Fema, contador publico de profesión, hija de francesa y venezolano, estatura regular
tendiendo a algo bajita, bella, excelente cuerpo, de voz encantadora de la que
lamentablemente abusaba, estaba comprometida en matrimonio con un tipo alto y algo
gordo, director del Banco Central de Venezuela, cuyas oficinas colindaban con el edificio
donde trabajábamos en INVICA, en la esquina de Mijares. El novio era un tío importante y
buen partido.

En una ocasión INVICA organizó para sus empleados un viaje a La Puerta, turística
localidad cerca de Valera, estado Trujillo. Me fui solo en mi Mercedes.
Una vez allá todos compartimos juegos y cenas.
Ella se permitió piropearme desde las tribunas un día que cuatro empleados jugábamos
tenis.

Al día siguiente subimos solos por una larga escalera que conducía a un bello y apartado
mirador. Ella delante mío, con su delgado vestido verde de pequeñas florecillas. Yo atrás,
enamorado, sin atreverme a confesárselo.
Estuvimos en silencio largamente observando la hermosa vista.
Regresamos sin que hubiera pasado nada entre nosotros.
Meses después me confesó que en esa ocasión tan romántica solo deseaba que la besara.

Cuando comenzamos a salir yo tenia cinco años de casado y ella cinco años de novia con el
director del Banco Central. Ya tenían fecha de matrimonio.
La espantosa chaperona, casada y con hijos, comentó: gracias a dios García no se fijó en
mi.

El primer día, mientras íbamos en mi Mercedes Benz al IESA a escuchar al doctor Jesús
Sevillano, comencé a acariciarla.

Ella, que no sabía callar, defecto que debí haber observado entonces, comentó sobre la
marcha: cinco años de novia y no me han tocado un pelo. Veinte minutos de haber
aceptado salir contigo y ya me tienes la mano en el coño.

No di suficiente importancia al hecho de que en un evento deportivo un protagonista no
puede ser relator.

Era de esas mujeres a las que cuando están excitadas la boca se les endurece y dilata, lo
que las pone en evidencia. En su caso, si bien el efecto no era exagerado, sus labios
gruesos habitualmente delicados le impedían esconder la pasión.

Mirado en perspectiva pienso que ella fue mi primera gran vivencia y satisfacción sexual.
Dimos paso a nuestra pasión sin reserva alguna, disfrutándola meticulosamente.

Subíamos hacia los moteles de San Antonio de los Altos, donde además se comía
magníficamente en un grato ambiente de pareja solitaria.

Nuestro amor fue creciendo durante meses hasta que decidí irme a vivir con ella.

Cuando lo hice, la primera noche en que no oía a mis hijas y en la que solo escuchaba la
conversación de Fe María, dulce cascada que de tanto sonar comenzó a hacerse
insoportable, comprendí que necesito silencio. Al día siguiente puse término a ese
proyecto de vida, la devolví a su casa y regresé a la mía, donde me esperaba Lilianette.

Nunca hasta hoy, 45 años después, me pregunté qué puede haber sentido esa joven e
inexperta mujer a quien saqué de su casa y me la llevé a vivir conmigo para siempre para
abandonarla menos de 24 horas después.

Ella, después de eso, ninguna queja, ningún reclamo.

Hermosa mujer, valiente y resignada y, además, tremenda y comprometida ejecutiva.

Durante algunos meses seguimos dando cabida a nuestra apasionada atracción.

Años después nos volvimos encontrar. Su pasión se mantenía incontenible, indisimulable.